A una hora al sur de Pamplona, Navarra deja de golpe de ser verde. Lo que sigue es un semidesierto de arcillas y yesos, esculpido por la lluvia mucho más que por el viento — y recorrible en cuatro a seis días sin forzar nunca.
Entre Soria y Burgos, la meseta castellana se abre sin avisar sobre un cañón calizo donde crían los buitres leonados. Se conduce poco, se camina mucho y rara vez se cruza uno con nadie.